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El día ya se despierta
entre agonías de estrellas,
acosadas por los rayos
del sol de mágica esfera.
Una niña no ha dormido
esperando a que saliera,
¡la noche que larga es
para aquel que algo espera!.
Es treinta y uno de julio
y hay fiesta para una reina,
los de Ciudad Real le cantan
por seguidillas manchegas.
Esta noche allá en el Prado
bailará por vez primera,
y su cuerpo se estremece
cada vez que lo recuerda.
Su mente está dibujando
con ilusiones de hembra,
garabatos con los pies
a ritmo de castañuelas.
Su madre tampoco duerme,
porque acaso ella recuerda,
sus mocedades dichosas
que a su hija se asemejan;
Pero olvida los recuerdos
y en este hoy ya piensa,
tiene que darle a su hija
lo mejor que haya en la tierra.
Se levanta y con cuidado
medio hace las haciendas;
en la iglesia de Santiago
siete campanas suenan.
Pradito, es hora de levantarse
y no quiero que te entretengas,
hay que preparar tus cosas
y terminar las haciendas.
Impulsada por un gozo
que tanto tiempo ella espera,
salta de la cama alegre
y envolviéndose en las trenzas. Se persigna y ora a Dios
y a la Virgen ya le reza
mezclando Avemarías,
Padre nuestro y promesas.
Saca el arcón de cuero
todo el traje de manchega,
que yo sacaré del cofre
las alhajas de la abuela.
El día se fue pasando
entre almidones y sedas,
planchadas borrando surcos
y aromas de hierbabuena.
La niña ya se ha vestido
y la madre la venera,
con alabanzas y besos,
con piropos y con fiestas.
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Luego le dice muy alto:
¡si Carlos Vázquez te viera
muy de segura yo estoy
que en sus lienzos te pusiera!.
La risa acude a tu cara
con sonrojo de vergüenza,
el padre no dice nada,
una vecina comenta.
Con otra desde el balcón
lo bien que va de compuesta:
¡no le ha faltado detalle
de los pies a la cabeza!.
El moño de picaporte
compuesto de cuatro trenzas
va sujeto y adornado
con lazo de seda negra.
Arracadas de oro fino
de la Córdoba torera,
camafeo de marfil
pañete de Lagartera.
Encaje fino de Almagro
adornando la pechera,
corpiño negro de raso
bordada faltriquera. La falda de lana pura
con mil colores alegra
en sus verticales rayas
los bordados juguetean.
Mandil alforzado negro
con flores de lentejuelas
las medidas de fino hilo
y senojiles de fiesta.
El zapato abotinado
con lazo negro se cierra,
¡y qué puntillas y qué lazos,
lleva su enagua bajera!.
Un mozo la está esperando
en el quicio de la puerta
vestido con traje negro,
como lo exige la tierra.
Por la empedrada calle
ya se marcha la pareja,
un viejo desde la esquina
templa su guitarra vieja,
y con voz aguardientosa
y rasgueos con la diestra
lanza su voz al viento
por seguidillas manchegas.
Por la calle el jacinto
hacia la Rosa
por bailar a la Virgen va presurosa.
Los claveles se asoman,
por la Azucena
para ver los ojitos
de esta morena
y ya en el Prado,
gorriones y palomas se han asomado.
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